El artista plástico presentó en el CRAES su ‘Gran atlas para la desorientación’, un libro “inclasificable” que sirve de guía ante el “ensimismamiento” a la vez que de “grito de esperanza” para la sociedad
La literatura puede – e incluso debe – mover conciencias frente a la indolencia o a la apatía. Dando a los libros así un carácter de guía o manual con el que orientarse ante la falta de caminos por los que avanzar en una sociedad como la actual. En ese punto está ‘Gran atlas de la desorientación’, la obra plástica escrita con la que Paco Pérez Valencia recaló este martes en ‘Estación de las Letras’ y que contó con la presencia de la delegada adscrita al área de Juventud e Infancia, Minerva Calderón, que dio la bienvenida la público y al autor a una nueva parada de la Feria del Libro de La Rinconada.
Este libro no es una novela, aunque en un principio quizás pasase por ello. Podría ser un ensayo, o – como la define Fernando Iwasaki, que acompañó al autor en la presentación – una “propuesta plástica de arte contemporáneo”. En este sentido, Pérez Valencia aseguró que la obra “es la mirada de un artista plástico, y eso permite ciertas licencias, por osadía seguramente”.
Esto ha llevado al ‘Gran atlas de la desorientación’ a ser reseñado como “un libro inclasificable” por la crítica. “Lejos de perturbarme, me hace especial simpatía que gente cualificada pueda percibirlo como un camino no habitual, no transitado o no frecuente, y eso me gusta”, admitió el autor.
Reclamación de voces intelectuales
Ante todo, el libro, que fue presentado en el Centro de Artes Escénicas y Visuales (CRAES) es, a la vez, un grito, una queja y una llamada de atención. Partía el autor de “una crítica que necesito expulsar” sobre “el papel de los intelectuales en el mundo que estamos viviendo”. Así, este atlas nació como “obra de reflexión, como un ensayo del papel que están jugando después de la crisis económica los intelectuales en el mundo”. Porque, se pregunta, “¿dónde están esas mentes críticas que hacían pensar a la ciudadanía, que movilizaban a los estudiantes de la universidad que provocaban conversaciones irascibles en tertulias radiofónicas y televisivas, donde están aquellos que provocadores intelectuales de pensamiento?”.
Sin plantearse realmente “qué quería hacer”, durante 11 años fue recopilando lo que “iba encontrando de gente que admiraba y que no escuchaba”. Con esos recortes fue creando un archivo “que me permitiera mirar en la dirección de lo que decían los intelectuales en momentos concretos”, y lo que empezó siendo “una especie de valoración global” terminó en “una conversación llena de aristas”.
Se sintió entonces “muy cómodo divisándola como un gran banquete”, una fiesta “donde puedes ir de mesa en mesa escuchando conversaciones, no acabar alguna, irte a la siguiente, mirar un poco más allá de lo que tienes en frente y tener apetito por ir hasta la mesa que hay al fondo”. Para ello necesitaba “un coro de voces, que tenía que ser muy extremo, muy ruidoso, muy natural, y ahí es donde empezó a coger ese cuerpo de ficción” que Iwasaki ve como “una pintura de El Bosco, una obra poliédrica llena, como un gran collage contemporáneo”.
Un vagón repleto de personas, “que recuerda mucho a lo vivido por los judíos de la Segunda Guerra Mundial con el holocausto con las deportaciones masivas que se han visto en el siglo XX y que se siguen viendo” arranca la obra. En ese viaje a no se sabe dónde, un individuo “cierra los ojos por un instante, y ese instante se convierte en una inmensidad en la que transcurre el banquete”. Este “permite meter a figuras históricas y a históricas figuras que no tuvieron lugar común, gente viva y gente muerta. Es un imposible posible porque yo lo quiero y porque él lo sueña. Y si es lo sueña es una realidad”.
Abundaba el autor en que “las cosas que dicen mis personajes las han dicho en algún momento. Yo solo me he encargado en la cocina de que fueran provocados para decirlas cuando yo quería y que fueron respondidas por un alter ego que de alguna manera va haciendo que surja esa conversación”.
Atlas para una sociedad “ensimismada”
La escritura del libro y su revisión han llevado al autor a llevar su actitud personal al compromiso de acción que, enlazando con lo anterior, no recibe de la intelectualidad. “Este libro casi es una venganza hacia todos aquellos a los que admiraría si existieran, porque necesito escuchar esas voces”. Cada día pasan tragedias y todo sigue como si nada, con una sociedad “ensimismada” que no cambia el ritmo para evitarlas. “El mundo ahí fuera está pidiendo auxilio y estamos como si fuéramos ajenos a todo eso”. Realidad detonante del libro, según admitió, pero que expone “con esperanza y sin temor”.
Porque, lejos de pesimismos o derrotismos, quiere “provocar una pelea” para salir de la indolencia. Algo de plena actualidad, ya que cree que “da igual que coja el libro hoy, o que lo cogieras hace 60 años, o que lo cojas lamentablemente dentro de 20. Creo que seguimos haciéndonos daño de una forma casi profesional”.
De ahí que sea un atlas para la desorientación, una guía para quizás crear un camino. Y no duda en discrepar con Fernando Iwasaki para afirmar que es “un grito de esperanza” así como un manual de acción para – como dice a sus alumnos – hacer que “cada día merezca la pena” y dejar de tener una “mirada ajena a ese mundo que estamos desintegrando”.
No dudó en asegurar sentirse “muy honrado” de participar en ‘Estación de las Letras’ “precisamente por no estar en un espacio de definición clasificatoria” donde se ajuste este atlas que trasciende a todo, así como “un honor” poder presentarlo en “un escaparate de alto nivel de marca reputacional”. Apostillando sentirse “de verdad privilegiado por poder alzar la voz en un lugar donde los escuchantes están tan cualificados y saben exigir”.